preguntando por los sufíes
Published by yreo February 24th, 2006 in de/menteSi la imaginación humana no tiene virtualmente límites visibles, la de los poderes bienpensantes no va a ser menos. Si podemos crear dioses ¿Porqué no epopeyas y gestas con extras y todo? Siempre entre el bien y el mal. Blanco y negro. Los buenos —nosotros, claro— y los malos —por definición siempre ellos, ellas, eso—.
El enfrentamiento de civilizaciones, fabricado con marketing de alto nivel por un lado y el banco de la intolerancia por el otro, unido a los delirios imperialistas de cada uno a su manera, juegan a hacer a la mayor parte de la población sus tiempos aún más interesantes a la manera del proverbio chino.
Entre toda la sangre y el horror que narran las imágenes, ante ese muro de otredad y extranjería perpetua, imprecaciones y declaraciones terminales, de vez en cuando me acordaba, y me preguntaba por los sufíes.
Vuelve, por favor, vuelve,
quien quiera que seas,
religioso, infiel, hereje o pagano.
Aunque hayas hecho cien promesas
y cien veces las hayas roto,
esa puerta no es la puerta
de la desesperanza y la frustración.
Esa puerta está abierta para todos.
Ven, ven tal como seas.
Así arranca el conjunto de poemas de Rumi Locos de amor, más conocido por Locos.
Más cuerpos, más rostros, más terror. La población árabe lleva la peor parte. Son la contrapartida de los muertos del 11S y 11M.
Pero ¿Y los sufíes?
No me trates como a un extraño.
soy tu vecino.
Mi casa está junto a la tuya.
Puedo parecer diferente;
pero mi corazón es bueno.
Mi interior es brillante,
aunque lo que digo sea oscuro.
Solo la lógica de la epopeya puede empeñarse en identificar árabe con terrorista o cómplice, o a occidental con cruzado.
Multitud de voces se alzan contra la barbarie, muchas de ellas árabes, señal de esperanza en algo común; algo por lo que empezar quizá.
Tal vez alguna de esas voces pertenezca a algún sufí.
Para el sufí, la Yihad es importante, pues representa la lucha contra las debilidades internas del propio individuo.
Leyendo vía Telecampus el documento de Open Democracy donde se examina Al-Qaida como netocracia, su autor, James Howarth, ya advierte la deliberada ambiguedad entre lo espiritual y lo político como impulsor de la red islamista.
Pues parece que, según Howarth, la imagen de Bin Laden ante sus admiradores, con su tono apacible y su estudiado ascetismo, es la de un sufí.
Vale. Un lider terrorista se apropia de una imagen considerada sagrada para un número indeterminado de árabes, y la proyecta al exterior. De paso, promociona y potencia la idea integrista islámica de dirigir la Yihad al exterior del individuo. Lo que en todo caso era una lucha contra uno mismo, un método de evolucionar como seres humanos según sus creencias, se vuelve una exposición de los horrores guiados por el santo derviche.
Intolerancia. Crueldad. Fascismo. Intransigencia …Extremos.
¿Pero donde están los sufíes?
Encuentro en papel Las ocurrencias del increíble Mulá Nasrudin, de Idries Shah —Paidós, 1992—.
Diviértete o intenta aprender,
fastidiarás a alguien.
Si no lo haces,
fastidiarás a alguien.
En su contraportada dice:
En el informe de la Conferencia de Física de Alta Energía de Coral Gables se utilizan los cuentos del Mulá para ilustrar fenómenos científicos que no pueden ser expresados por el limitado léxico técnico común.
Parece entonces que Bin Laden es el opuesto del sufí, ya que da la imagen de lo que idealmente sería un sufí por dentro, mientras que alienta y anima la violenta exteriorización del concepto de Yihad, algo que para los sufíes era exclusivamente interno y personal.
Si miras con cuidado, verás
que cada partícula que hay en el aire,
feliz o desdichada, se sumerge
en el Sol del Universo Absoluto.
Todas las partículas están ebrias
y tan locas como nosotros
A veces sistemas enteros cumplen su cometido y cesan. O se reconvierten. O evolucionan. O no. Puede que lo sufí haya pervivido como fenómeno étnico musical. Tal vez acabara convertido en abalorios o tal vez en mesías de la Nueva Era. Puede, en fin, que lograran cargárselos.
Y puede que ya solo vivan en el tiempo. Una pena. No parecía gustarles matar ni matarse; más bien disfrutar.
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